
Atrás quedan los tiempos en los que se le preguntaba a Groucho Marx su opinión sobre la televisión y él respondía con sorna y meciendo su puro: "Me encanta.Cada vez que la enciendo me voy de la sala y me pongo a leer un libro"; esta anécdota, por suerte,cada vez ha quedado más obsoleta gracias a las múltiples plataformas digitales que han ido apareciendo (éso que los yanquis llaman tele por cable) y, por consiguiente al acceso a la nutrida oferta televisiva a la que no hemos ido exponiendo.
Pero cuidado, decir más más no significa que sea mejor, y que ahora dispongamos del aparatito de la TDT no nos libra de la bazofia que antes consumíamos en analógico, para que nos entendamos: ahora podemos apreciar con más detalle los dos cubitos de hielo que se derretían en el cubata del Paquirrín o apreciar con mayor nitidez la nueva cara (¡Pero si calza las mismas ojeras!) de la ex de un famoso torero, más mierda y a mayor resolución.
Afortunadamente, la popularización de la tecnología también ha multiplicado las vías a contenidos de enjundia y cualquiera con un mínimo de interes y una banda ancha puede ver series de calidad, películas o algún documental que merezca la pena sin caer en la tiranía de los anuncios de catorce minutos o en las fauces del Gran Hermano.
Precisamente, es el doumental con pretensiones de denuncia uno de los géneros que mayor tirón está teniendo desde hace años , quizás, en gran parte gracias al gordito con barba, gorra y gafitas de empollón que se apellida Moore; él fue el primero en exponernos el trajín de las armas en EEUU, el primero -léase en llevar estos temas al gran público, claro, no tireís de hemeroteca y seaís puntillosos-en poner en entredicho el 11-S como un acto terrorista sin más y en la picota a la administración Bush, el primero en poner en evidencia las carencias del sistema sanitario norteameriacno-de acuerdo, esto último estaba ya cantado-, en fin, fue el adalid de que pusiéramos siete euros en la taquilla para ver noventa minutos de coartada intelectual ante el último estreno de Bruce Willis, eso sí, las palomitas siguen sabiendo igual por mucho que abulten las frases .
Todo esta perorata sirve para convencerles de que visionen "Food inc" (Robert Kenner, 2009), nominada a los Oscars de este año en la categoría de mejor documental, y que, si bien el premio se le quedaría algo grande sí merece echarle un atento vistazo.
El documental nos muestra los engranajes de la industria alimenticia norteamericana, o más bien su mala praxs, es decir: pollitos engordados artificialmente, tomates más falsos que un euro ucraniano, hamburguesas formadas tras licuar cuarenta vacas, verduras alteradas genéticamente y demás lindezas promovidas por las majors, porque sí, el enemigo que paga por chutar a los pollos tiene traje y corbata y lleva un maletín con sello de multinacional.
De montaje un tanto irregular, donde intercala escenas de un gallinero, donde las pobres gallinas estan hacinadas brutalmente, con la lágrima fácil de una madre que ha visto morir a su hijo por la ingesta de una hamburguesa en mal estado, el minutaje retranquetea buscando la denuncia y el esperpento, aunque quizás lo más interesante no esté en el mismo si no fuera de él, y es que cuando le des al stop posiblemente te pienses dos veces de dónde diantres ha salido ese pedazo de carne tostado que adorna las dos mitades del pan o encontrar sentido a la expresión tan castiza de "la fruta de ahora no sabe a ná".O no.
